viernes 20 de noviembre de 2009

El dilema de después

Como ninguno de los dos fuma, para nosotros no existe la manida tesitura conocida como “el cigarrito de después”.
Lo que acostumbramos a hacer, mientras recobramos el aliento y tratamos de volver a domar el galope de la respiración, es mantener una charla postcoital que suele pecar de pueril grandilocuencia, algo que quiero entender disculpable, ya que es producto de un estado previo de excitación sublime que desemboca a su vez en un delirio de euforia cósmica, al estilo Leire Pajín, pero en guarro.
Concretamente, nos solemos interrogar acerca de cuestiones vagamente filosóficas, o bien departimos en un registro existencialista que no dista mucho del que adoptarían dos incondicionales del exceso etílico. Cosas de la debilidad de la carne humana (o, como diría el tertuliano televisivo de turno, del Eros y el Thanatos).
En algunos casos llegamos a ponernos a prueba. No intencionadamente, claro, o eso quiero creer. Simplemente ocurre que nuestras palabras son demasiado espontáneas, poco o nada calculadas, y que, asimismo, nos sentimos demasiado vulnerables como para blindarnos ante posibles preguntas con trampa.
Ayer mismo ella me sorprendió con la siguiente perla inquisitiva:
“Oye, ¿tú que preferirías —me soltó—, ¿parecer tonto y en realidad ser listo o parecer listo y en realidad ser tonto?”
La respuesta parecía facilísima si no se meditaba bien. Es evidente que a todos nos puede el deseo de ser auténticos, honestos, íntegros y todo eso. Lo primero que me vino a la lengua (y casi a la punta de los labios) fue afirmar rotundamente que es preferible ser listo, y luego que cada cual opine de uno lo que le venga en gana.
Pero no era tan sencillo. Por una vez no me precipité y no abrí la boca en seguida.
A efectos prácticos, qué carajo, ¿no es acaso mejor parecer más listo de lo que uno es en realidad? ¿No nos abrirá eso más puertas (y posiblemente también más piernas)? Si soy capaz de guardarme mi ineptitud sólo para mi intimidad, si logro engañar al resto de mis semejantes para que me consideren un tipo inteligente y respetable, ¿no me asegura eso una existencia más feliz y exitosa?
Poniéndome en el supuesto contrario, es decir, considerando que yo sea una lumbrera encubierta, ¿qué podría esperar? Si todo el que me rodea está convencido de que soy un inútil, un lerdo, un zote, un pringado... ¿verdaderamente encontraría consuelo tan sólo en mi erudita y solitaria privacidad?
En resumidas cuentas, como no lo tenía claro, decidí contraatacar:
“¿Y tú? —le dije— ¿Qué preferirías?”.
“Yo he preguntado primero” —me contestó, con toda la razón del mundo.
De pronto me di cuenta de que era otra cuestión la que realmente me preocupaba:
“Por cierto, ¿a qué ha venido esa pregunta?”.
Ella no dijo nada. Me miró achinando un poco los ojos y estirando sus labios apretados hasta componer una sonrisa cargada de compasión.
“Qué tonto eres” —dijo al fin, y me besó con ímpetu festivo.
Me había llamado tonto. Sí, en sentido cariñoso, vale. Ya no pude dormirme, claro.

domingo 15 de noviembre de 2009

Una incógnita sobre el culo

A la pregunta “¿En qué se fija primero cuando conoce a una mujer?”, la mayoría de los hombres responden: “En el culo”.
Esta respuesta suele ir debidamente subrayada con una sonrisa picaruela o con una carcajada jactanciosa y socarrona.
Hasta cierto punto es normal que nadie se atreva a decir los ojos o los labios, aunque fuese su opinión sincera, ya que en los tiempos que corren sonaría a argumento eufemístico, cuando no mojigato.
Nombrar las piernas tendría toda la lógica del mundo, si bien tal vez parecería una respuesta propia de otra época menos generosa en el aireo de las carnes y menos entregada al culto de lo explícito.
Asimismo, referirse a las tetas dejaría a cualquiera por un ordinario, ya que estaría rebasando el límite oficioso entre lo verde o picante (calificativos inocentes) y lo descaradamente pornográfico, ante lo cual todavía hay demasiada gente que se escandaliza.
Por supuesto que del coño —o la vulva, el chocho, el chichi, el chumino— mejor no hablar. Sólo un grosero crónico o acaso un mutante con visión de rayos X aludiría a dicha parte como la primera en la que fija la vista cuando mira a una mujer.
Que el culo sea el líder de este ranking peculiar no deja de sorprenderme. Para psicólogos y feministas supongo que el motivo sería evidente y estaría relacionado con su diagnóstico favorito: la inmadurez ancestral e incurable del género masculino (no en vano el culo es la parte de nuestro organismo que mejor concentra las dos cosas que más gracia les hacen a los niños y adolescentes: el sexo y la mierda).
Pero lo que a mí me extraña en realidad es que entendamos como normal que los ojos de un hombre viajen hacia el culo antes que hacia cualquier otro destino anatómico, cuando, que yo sepa, el 99% por ciento de las veces que conocemos a una mujer, ésta se encuentra DE FRENTE a nosotros.
Lo advierto para la próxima vez que os hagan una encuesta.

martes 10 de noviembre de 2009

Paseo por la cartelera (2)


(500) Días juntos, de Marc Webb

Al comienzo de esta película —como de tantas otras— se puede leer un rótulo que advierte de que lo que veremos es pura ficción y todo parecido con personas o situaciones reales es mera coincidencia. Pero enseguida aparece un texto adicional rebosante de cachonda ironía que nos deja bien claro cuáles son las intenciones del invento.
Una película sobre el amor no tiene por qué ser una empalagosa sucesión de clichés, ni tampoco un drama desgarrador en el que no exista un término medio entre la boda idealizada y el suicidio por desengaño. La comedia romántica no es precisamente mi género favorito, pero ahí están El apartamento, Annie Hall, Cuando Harry encontró a Sally, Entre copas, El otro lado de la cama o Buscando un beso a medianoche para demostrarnos que las buenas películas no entienden de etiquetas. Esta opera prima de Marc Webb es un oasis, una revelación, la mejor manera de reivindicar un tipo de cine que suele despreciarse por ñoño, autocomplaciente y carente de imaginación.
La historia de base es la de siempre (chico conoce a chica y todo eso), pero la forma de estructurarla, la puesta en escena, el atrevimiento visual, la definición de los protagonistas (por fin personas y no marionetas), la elección musical (donde The Smiths y The Pixies conviven con Carla Brunni y Simon & Garfunkel) y, sobre todo, el punto de vista, que habría que situar entre lo cínico y lo amable, entre el respeto y el sarcasmo, la convierten en una feliz rareza.
Hasta los guiños cinéfilos tienen su toque de sana irreverencia (celebro especialmente la alusión iconoclasta a El séptimo sello, de Bergman).
Gustará tanto a los incondicionales del indie como a los espectadores de fin de semana. Sé que soy pesado, pero no os fiéis del trailer. Ésta sí merece la pena.
Un rotundo notable.





Celda 211, de Daniel Monzón

El trailer de Celda 211 no engaña (¡por fin!). Nos da lo que promete y aún más.
En este espacio siempre serán bienvenidos los directores libres de corsés ideológicos y prejuicios geográficos.
Estamos ante una peli de género sin trampa ni guerra civil. Española, claro, porque la han hecho aquí, un señor de aquí y con gente de aquí. Y también universal, de esas que los norteamericanos llevan haciendo toda la vida y que no nos cansamos de ver (Brubaker, Fuga de Alcatraz, La gran evasión, Cadena perpetua…).
Monzón ya se merecía los halagos desde hacía tiempo, especialmente desde La caja Kovak. Creo que esta vez le tocará pasearse por la fiesta de los Goya y tal vez con más de uno del que presumir (el de Luis Tosar, como mínimo, está cantado).
Todos los géneros tienen convenciones, y el carcelario parece uno de los más trillados. Así pues, mucho mayor es el mérito de esta película, que añade a los elementos ineludibles (la claustrofobia, el submundo mafioso, la tentativa de fuga, la rivalidad interna, la necesidad de redención, el fracaso de la reinserción, etc.) un par de ideas estimulantes que enriquecen la trama (la original utilización del elemento terrorista, por ejemplo) y un concepto narrativo descaradamente clásico, sin florituras ni digresiones morales, el cual contribuye a que las casi dos horas se te pasen como si fueran veinte minutos.
Tosar es el amo indiscutible de la función, pero sería injusto no destacar las aportaciones de Vicente Romero, Manuel Morón, Antonio Resines, Manolo Solo, Luis Zahera y Carlos Bardem, además de las presencias episódicas —aunque siempre agradecidas— de Marta Etura y Jesús Carroza. Un notable sobrado.




After, de Alberto Rodríguez

El nombre de Alberto Rodríguez no es tan popular como el de otros aventajados talentos cinematográficos que acumulan premios y parabienes, revientan taquillas y leen manifiestos cuando toca.
Yo fui uno de los que vio la ingeniosa El factor Pilgrim (dirigida a medias con Santi Amodeo) y quizá uno de los pocos que la disfrutó. Su siguiente obra, 7 vírgenes, es una de las mejores películas del cine español reciente, y ya en ella Rodríguez demostraba que se puede ser realista, contundente, creíble y estremecedor rodando en panorámico y cuidando la estética. Es decir, que ya no cuela eso del feísmo recalcitrante y la pantalla cuadrada para demostrar mayor compromiso de fidelidad con la verdad.
En After se cambian los chavales marginados de los barrios bajos por los treintañeros acomodados de la era del pelotazo, el management y la PDA. Sin llegar a los niveles de 7 vírgenes, la historia funciona a la perfección. Los actores se ganan bien el sueldo, especialmente Tristán Ulloa, que lleva en estado de gracia más de una década.
Una peripecia alevosa y nocturna que muestra, entre otras jugosas cosas, lo patéticos que pueden resultar ciertos excesos a partir de cierta edad.
Te quedas con ganas de más, pero aun así merece un respetuoso notable.
P.D. para cinéfilos: ojo al curioso guiño a Blade Runner que contiene el personaje de Guillermo Toledo.




Millenium 2: La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina
, de Daniel Alfredson

La primera entrega de la saga era un thriller inquietante con una atmósfera muy lograda. La gelidez nórdica combinada con las tinieblas y turbiedades de la trama criminal dotaban de personalidad a una película que partía con el riesgo de defraudar a los millones de lectores adictos al fenómeno Larsson.
Pero en esta segunda parte se ha bajado el listón alarmantemente. Parece el capítulo intermedio de una serie televisiva de esas que ya tenemos muy vistas. La puesta en escena es anodina y la acción está filmada como si fuera un encargo para Walker Texas Rangers. Una decepción absoluta.
Los creadores del invento parecen haberse dormido en los laureles del éxito asegurado (los fans de Millenium son legión y, por lo que se ve, incondicional).
Noomi Rapace sigue teniendo su aquél, pero aquí pierde morbo y misterio.
Esta vez la depravación y la perversidad se sustituyen por ciertos elementos folletinescos que ablandan el argumento y entibian el clima.
Sin duda la trilogía ha salido perdiendo con el cambio de director. Lo gracioso es que el nuevo, Daniel Alfredson, es el hermano de Thomas Alfredson, el autor de esa terrorífica maravilla llamada Déjame entrar. Desde los hermanos Calatrava no había visto yo semejante paradoja fraternal. Aprobado en cuarentena.




Sin nombre, de Cary Fukunaga

Antes que nada, he de admitir que no he entendido el 40% de los diálogos de esta película. Imagino que ello se debe a esa hipotética necesidad de sacrificar la correcta dicción de los actores en aras de la autenticidad, y de hecho es cierto que la fonética del filme resulta cien por cien veraz, si bien la jerga empleada puede resultar un sufrido galimatías imposible de discernir para un oído ajeno a los parajes y ambientes que se nos muestran (por una vez, casi diría que es mejor esperar a verla en DVD para poder añadir los subtítulos).
Aun así, uno acaba metiéndose en esta historia de inmigración y delincuencia juvenil, impecablemente filmada y con alguna escena de verdadero impacto. Celebro que el director haya optado por un estilo visual muy cuidado a pesar de que nos hable de crimen y marginalidad, en la línea, más o menos, de Ciudad de Dios y 7 vírgenes, y renunciando al feísmo sucio de Frozen river o a la honestidad cuasi culebrónica de La virgen de los sicarios.
Que no vaya de testimonio documental para agitar conciencias es de agradecer. Lo malo es que la tensión se ve debilitada por una cierta previsibilidad, y de este modo la sensación final es la de que todo promete pero sin terminar de estallar. Ni la historia, ni las imágenes ni (supongo) los diálogos son tan contundentes como cabría esperar. En general me ha gustado, aunque las mencionadas carencias auditivas me han hecho sentir incómodo de vez en cuando. Un aprobado intuitivo.



Castillos de cartón, de Salvador García Ruiz

En Mensaka, García Ruiz consiguió contar una historia notable partiendo de una novela con poca chicha. Su estilo es elegante y sencillo, de esos donde la sutileza prima sobre la intensidad manifiesta. Sin embargo, en Castillos de cartón se le ha ido la mano y de lo sencillo nos quedamos casi en lo soso.
Además, creo que la película pierde interés al prescindir del enfoque retrospectivo de la novela y del punto de partida trágico que la motiva (el suicidio de uno de los personajes, algo que en el filme se omite).
Los actores están intermitentemente bien, aunque su aspecto es demasiado adolescente.
Donde García Ruiz sí acierta es, a mi entender, en la forma de contextualizar la época y el escenario de la historia. Una conversación sobre El retorno del Jedi, un par de canciones de los Zombies y Polansky y el ardor, y una imagen televisiva de La bola de cristal son suficientes para meternos en el marco histórico, prescindiendo de la tópica idealización de la Movida.
Por otra parte, es lamentablemente irónico que una película sobre el sexo carezca de clímax. A ésta le pasa. Y te deja frío. Aprobado por los pelos.

miércoles 4 de noviembre de 2009

Indigesto

Fui al médico por mis problemas digestivos. Le conté la verdad, aunque no fuera agradable rememorarla y no me dejara precisamente en muy buen lugar.
“No se preocupe”, me animó el doctor. “Le hará bien”.
Y le conté lo que pasó.
Pasó que, después de incontables días de tensión acumulada y contenida hasta límites sobrehumanos, por fin exploté, no pude más; le escupí a mi suegro a la jeta todo lo que se merecía y aún más. Le dije que ya estaba bien de malmeter y cotillear, que se metiera en sus asuntos y nos dejara en paz, que ser suegro no es una misión de estado sino un parentesco postizo que viene impuesto y no elegido, que su hija era feliz conmigo y que por mucho que se esforzara para infectar nuestra relación jamás lograría romperla.
Me quedé a gusto, para qué negarlo. Lo peor fue que a los cinco minutos ya me estaba arrepintiendo. Liberada la furia de mi organismo, volví a mi natural talante reflexivo, aunque ya era demasiado tarde.
Mi suegro, sin perder la compostura y sin que ello significase que no pudiera dar miedo, se limitó a responderme: “Te vas a tragar tus palabras”.
Desde entonces sufro de vómitos y diarreas. Apenas pruebo bocado, y lo que como me sienta fatal. Tampoco duermo.
“¿Hizo lo que le dijo?”, me preguntó entonces el médico.
“¿Cómo?”, apunté yo absurdamente.
“Sí, que si le hizo caso. O sea, que si se tragó sus palabras”.
“Pues... ahora que lo dice. Sí, eso hice”.
“Claro”, diagnosticó, muy seguro de sí mismo. “Eso es lo que le provoca esos trastornos digestivos. Se ha tragado usted una ristra de improperios equivalente a un kilo y medio de fritanga rociada con tabasco”.
Cogió entonces un bloc de notas y comenzó a escribir algo en él. Yo pensé que sería una receta convencional. Sin embargo, al terminar me mostró lo que había escrito y eran seis o siete palabras sueltas.
“Lea esto para sí, en silencio y con la boca cerrada”, me indicó, con esa voz inconfundible de sabio galeno que tanta tranquilidad me produce. “Una vez lo lea, trágueselo”.
Le hice caso, si bien no noté efecto alguno.
“Si esta noche continúa con las molestias o se repiten los cuadros que me ha descrito antes, vuelva a escribir estas palabras y léalas dos o tres veces al día, después de cada comida”. Aclaradas mis dudas, añadió: “No es necesario que las trague todas enteras. Puede hacer una pausa entre sílaba y sílaba”.
Le di las gracias con sincera efusividad y me marché a casa contento, aunque todavía con algún que otro retortijón.
Ya. Queréis saber qué palabras son.
Pues lamento comunicaros que no puedo revelarlas. Secreto profesional.
Pero seguro que se os ocurren seis, siete o cincuenta palabras para aliviar la mala digestión. Ánimo, que no es tan difícil.

jueves 29 de octubre de 2009

Amistades triangulares

Hoy quiero formular una pregunta que me he planteado recientemente y que encontraréis más adelante, hacia el último tercio de esta entrada.
Pero antes, para situarnos mejor, quisiera invitaros a repasar conmigo de forma breve y fugaz unas cuantas películas que comparten las razones por las que he llegado a plantearme la mencionada cuestión.
El tema del trío sexual y el triángulo amoroso no es nuevo. Hay un título paradigmático, Jules et Jim (Françios Truffaut), al que casi obligadamente se cita cuando el séptimo arte aborda el asunto que nos ocupa. Personalmente, me parece un filme apreciable, aunque no comparto la veneración que se le rinde entre la cinefilia más señera. También es verdad que hay que comprender la época en que se realizó (los años sesenta, la nouvelle vague y todo eso); a veces lo que hoy observamos con rutinaria naturalidad, en otros tiempos ha sido motivo de escándalo o signo de vanguardia.
Después de Truffaut se han sucedido no pocas aproximaciones y algún que otro descarado remedo. Este mismo año vimos Dieta mediterránea (Joaquín Oristrell), en breve se estrenará Castillos de cartón (Salvador García Ruiz), y ahora mismo se proyecta en salas After (Alberto Rodríguez), sobre la que no me extenderé hoy pero a la que ya volveré en el próximo paseo por la cartelera.
Partiendo de aquí, no faltan ejemplos que aportan cierta originalidad. En La buena estrella (Ricardo Franco) se da lo que podríamos denominar el triángulo de la compensación (o incluso el triángulo necesario), ya que la plenitud de Maribel Verdú pasaba por alternar la ternura del manso Resines con la potencia del enérgico Mollá. La dualidad conyugal se hacía obligada, pues sexo y cariño no podían ir en el mismo envase.
Por otra parte, en Tres formas de amar (Andrew Fleming), el trío viene derivado de un cierto galimatías en lo que a orientación sexual se refiere, unido ello a la irrefrenable pulsión de promiscuidad que todo joven universitario que se precie debe alardear en una película, más aún si es una comedia (en la universidad de verdad la cosa cambia; no hace falta que os lo recuerde).
Los peores años de nuestra vida (Emilio Martínez-Lázaro) situaba a la chica de la discordia (Ariadna Gil) en medio de dos hermanos (Jorge Sanz y Gabino Diego), en una historia escrita por David Trueba que tiene tanto de romántica como de iconoclasta, y que aprovecho para reivindicar.
También me interesa la visión mordaz y despiadada que mostraba Neil LaBute en la cínica En compañía de hombres, donde el machismo se critica de una forma inteligente y alejada de los absurdos fundamentalismos actuales (ya sabéis, eso de las “miembras” y demás barrabasadas lingüísticas).
En todas estas películas el planteamiento se repite de manera casi idéntica. Es decir, hay una mujer que comparte sus atenciones, deseos, cariños y encantos con dos hombres que a su vez la desean, unos con fijación venérea, otros pensando en un altar y una familia futura, y otros tan sólo interesados en la emoción de probar nuevas experiencias o movidos por la necesidad de provocar. Da lo mismo. La fórmula siempre responde al mismo enunciado: hombre + mujer + hombre.
No hablamos de infidelidades, claro. Se trata de un juego a tres bandas donde todos saben y consienten.
Y ahora viene mi pregunta, que en realidad son dos, aunque la primera de ellas pura retórica: ¿Por qué nunca se plantea el triángulo en los términos inversos, es decir: mujer + hombre + mujer?
Y he aquí la segunda pregunta: ¿Cuál sería el tratamiento que se daría a la historia en caso de invertir la fórmula?
Me atrevo a afirmar que el enfoque sería radicalmente distinto. Supongo que aún mantenemos la creencia de que el hombre, en lo referente al sexo, es un animal cartesiano (por no decir unidireccional). De este modo, la opción del trío para el sexo masculino parece estar relacionada exclusivamente con la fantasía imposible, con el exceso, con la orgía que ilustrará nuestras conversaciones futuras, con la reafirmación viril y con ese anhelo primitivo de ser el jefe de la tribu o el semental de la manada.
Por ello, el planteamiento que se propone cuando es una mujer la que está en medio no sirve en teoría para el caso contrario.
Las mujeres de las películas citadas no son un calco las unas de las otras, pero al menos comparten perfiles en los que se potencian elementos emotivos e intelectuales ajenos a los mandatos carnales. Las hay inteligentes y las hay cándidas, las hay interesadas y las hay entregadas, las hay fogosas y las hay mimosas.
Trato de imaginar cómo se nos mostraría a un hombre como centro del triángulo y temo encontrarme invariablemente con un jeta, un cachondo, un canalla, un desaprensivo, un crápula, un fantasma...
No nos engañemos. Un tipo que se planteara dilemas por el hecho de tener que compartir a dos amantes se vería como una excentricidad digna de mofa. E insisto en que no me refiero a un casado que tiene un lío. Hablamos de tres amantes en igualdad de condiciones; de un trío consentido por todos sus miembros.
Estadísticamente, la posibilidad del ménage à trois es la fantasía preferida por la mayoría de los hombres (no olvidemos que la estadística suele reflejar lo que nos gusta que los demás piensen de nosotros y no lo que realmente pensamos). Intuyo que aquí radica la dificultad de componer un personaje masculino que enfoque el asunto desde una perspectiva más civilizada que salvaje.
Y no quisiera abundar en más tópicos, pero tal vez influya igualmente el hecho de que las mujeres suelan ser más envidiosas entre ellas y también más radicalmente competitivas en el terreno de la conquista.
En cualquier caso, las mujeres de estos tríos cinematográficos que hemos repasado contemplan sus relaciones como amistades sofisticadas o como un síntoma de progresismo. Sin embargo, me inclino a creer que, en las mismas circunstancias, al hombre nos lo venderían siempre como un ingenuo glotón que valora su relación múltiple en ramplones términos matemáticos, esto es: cuatro tetas, un par de coños, dos bocas, etc.
No sé; habrá que ir pensando en evolucionar, digo yo.

sábado 24 de octubre de 2009

Paseo por la cartelera

El secreto de sus ojos, de Juan José Campanella

De lo mejor que se ha visto en este año. A la altura de Gran Torino, Déjame entrar y los grandes estrenos de la temporada. Clasicismo narrativo y generosidad inmensa. Gracias, Campanella. Gracias por pensar en el espectador que paga una entrada. Gracias por una historia emocionante, entretenida, misteriosa y sorprendente. Gracias por sacar lo mejor de cada intérprete. Ricardo Darín y Soledad Villamil están geniales, pero ojo a los secundarios, que no desmerecen en absoluto. Gracias por dejar de lado la sensiblería de tus últimos trabajos y gracias, sobre todo, por no ser un autor comprometido, ni trascendente, ni alternativo, ni rompedor. A muchos nos basta con que nos cuenten una buena historia y no nos falten al respeto. Sobresaliente.


Malditos bastardos, de Quentin Tarantino

Tarantino ha vuelto. Afortunadamente (¡uf!) lo de Death proof se quedó en un caprichoso patinazo. Estos bastardos llegan cargados de diálogos intrincados, eternos y brillantes. No faltan tampoco los inevitables destellos de humor gamberro. Y los personajes, claro, con inconfundible denominación de origen tarantiniana. Mención especial para el nazi interpretado por Christoph Waltz, hoy por hoy el mejor posicionado para hacerse con el Oscar al secundario del año. Que no os engañe el trailer. Malditos bastardos no es una de acción trepidante (ninguna de Tarantino lo es, de hecho; salvo, en todo caso, Kill Bill vol. 1). Ya sabemos que este director carga con el sambenito de la violencia, pero la película dura dos horas y media y las escenas de violencia escasamente pasan de los 5 ó 6 minutos. Palabra. El toque Tarantino está en la creación de tensión a través de la palabra, para después —eso sí, y como colofón— dejarnos helados con un borbotón de sangre o un estacazo en toda la mollera. Sólo por la habilidad de encajar su universo en otra época y por el atrevimiento de pasarse el rigor histórico por el forro ya merece la pena. Notable alto.


Ágora, de Alejandro Amenábar

Por si acaso, aclaro que no es obligatorio ver Ágora. Ya sé que lo parece. Es algo así como un Real Madrid-Barça. Un acontecimiento tan sumamente popular y publicitado que hasta los no aficionados suelen sentirse obligados a tener una opinión sobre el mismo. Hasta ahora, el nombre de Amenábar era una garantía de cine de género intachable. En los anuncios, Ágora aspira a ser pariente de Espartaco, de Troya o de Gladiator. Pero no (y dale con los trailers engañosos). Esta vez todo se ha quedado a medio camino. Una película tibia y sin garra. Parece un telefilme de presupuesto generoso, y poco más. El clímax llega a la media hora y, a partir de ahí, se estanca. Grandiosidad, sí, pero sin espectáculo. No hay drama, ni aventura. Los temas que plantea son interesantes, pero se defienden con poca enjundia. Los actores no transmiten nada. Se salva Rachel Weisz, que es una profesional estupenda, pero aquí parece desganada (da la sensación de saber que está participando en un proyecto muy importante para alguien, aunque para ella sea sólo un compromiso más). Lo lamento por Amenábar. Espero que se recupere, como Tarantino. Alejandro, por favor, vuelve al thriller. Te pongo un aprobado justito porque aún me dura la alegría que me diste con Tesis.


La huérfana, de Jaume Collet-Serra

¿Otra de miedo con niño endemoniado? Pues no, so listos. Aunque lo parezca, no vamos por la senda de las clásicas El exorcista y La profecía, ni tampoco por la de las flojas El orfanato y Expediente 39. Ni siquiera tiene que ver con el amigo Chucky y demás engendros diabólicos. Si a alguna película se asemeja, es a la casi olvidada El buen hijo, de Joseph Ruben, con guión de —nada menos— Ian McEwan, música de —nada menos— Elmer Bernstein y protagonizada por —nada menos— Elijah Wood y Macaulay Culkin. Así que hablamos básicamente de suspense, no tanto de terror truculento. Es verdad que Collet-Serra le añade unos cuantos elementos típicos (y tópicos) del género, pero ojito con pasarse de enterados y creerse que nos lo sabemos todo. La sorpresa, en este caso, es real. No inventa nada, pero da lo que promete, que no es poco, y además sorprende, algo inusual en un género saturado de remakes ochenteros y de galimatías oníricos de reminiscencia oriental. Voto por Isabelle Fuhrman como candidata al Oscar a la mejor actriz secundaria. Impresionante. Un merecido notable.


Moon, de Duncan Jones

Ya he dicho alguna vez que 2001: una odisea del espacio me parece la película más sobrevalorada de la historia del cine. Es tediosa y pretenciosa, dos de las cosas que menos soporto (y eso que el resto de la obra de Kubrick me gusta bastante). Por tanto, el hecho de que el filme-fetiche de la ciencia ficción intelectual fuera la referencia más citada en las promociones de Moon, no sumaba precisamente a favor de mi predisposición a verla. Aun así, mi instinto filmófilo (más los ecos del festival de Sitges) me dictaba que debía darle una oportunidad al estreno del hijo de David Bowie como director. No me arrepiento. Puede que la estética y el tono parsimonioso y contemplativo recuerden a veces a mi odiada 2001, pero se nota que Duncan Jones se ha fijado en títulos más suculentos, como Alien, Blade Runner o Atmósfera cero. Porque en Moon, felizmente, prima el suspense sobre la alegoría. Y funciona. No es para todos los públicos, eso sí. Pero tampoco es la sofisticada estafa de Anticristo. Ah, y a Sam Rockwell, que lo añadan a la lista de candidatos al mejor actor. Está que se sale. Notable.


Si la cosa funciona, de Woody Allen

Otro que resucita. El gran Woody Allen regresa a Nueva York para hacer lo de siempre, de acuerdo, pero en el escenario adecuado y con los ingredientes idóneos (sus admiradores solemos conformarnos con eso). Larry David cumple como alter ego del alter ego (rol que ya probaron John Cusack, Kenneth Branagh, Jason Biggs y, en cierto modo, Will Ferrell), los diálogos recuperan la legendaria ironía y la sensación general es la de estar de vuelta en casa (y esto lo digo por mí, no por Woody). En cuanto a ingenio y ácida reflexión quizá no esté a la altura de Desmontando a Harry, ni tampoco es tan divertida como Granujas de medio pelo. Por supuesto que no llega (ni aspira a ello) a la envergadura de Annie Hall, Delitos y faltas o Hannah y sus hermanas. Me da igual. Celebro sobre todo que Allen aparente haber vuelto a hacer la película que él deseaba, libre de compromisos y sin tener que devolverle favores a nadie por su hospitalidad. Sólo para fans, desde luego, lo cual no es poco, teniendo en cuenta la que se lió después de Vicky Cristina Barcelona. Me debato entre el aprobado alto de rigor o el notable nostálgico que me imploran mis vísceras.

martes 20 de octubre de 2009

Manías con denominación de origen

La nacionalidad de una película es un dato que me suele importar relativamente poco. La referencia principal que tengo en cuenta a la hora de escoger o rechazar un título es casi siempre el nombre del director, ya que las obras maestras y los bodrios no entienden de geografía y poseen por tanto la facultad de reproducirse al margen de idiomas o pasaportes.
En mayor o menor cantidad abundan en el mundo tanto los genios como los incompetentes. Es un hecho indiscutible.
No obstante, es cierto que la expresión “Cine Español” arrastra, diría que prácticamente desde su nacimiento, un estigma de impopularidad evidente. Y aunque soy el primero que reconoce las limitaciones que las producciones autóctonas sufren respecto a otras filmografías, no entiendo del todo la animadversión extrema que una gran mayoría del público parece sentir hacia actores y directores españoles, sobre todo (y esto no deja de ser curioso) hacia aquellos que mayores éxitos cosechan fuera de nuestras fronteras (léase Almodóvar, Bardem, Penélope y compañía).
Bueno, especifico: lo que no termino de comprender es la magnitud de dicha animadversión, porque en lo referente a las razones que la motivan creo tener una ligera idea.
En este sentido, estoy totalmente de acuerdo con lo que el director Jaime Rosales declaraba hace unos días en un artículo titulado “Despoliticemos el cine”, publicado en el diario El País:

“¿Por qué esa especial negatividad con el cine? ¿Por qué siempre tanta polémica? Me aventuro a dar una explicación. Aunque no sea una explicación del agrado de muchos. El motivo por el que el cine español es tan polémico es porque una parte importante del colectivo que lo representa se ha significado políticamente en exceso. En un país tradicionalmente muy dividido ideológicamente, por los motivos que de sobra nos son conocidos, eso equivale a perder la mitad del público potencial y la mitad de la opinión favorable dentro de los medios de comunicación”.

Yo también estoy convencido de que las simpatías y antipatías políticas tienen mucho que ver en la percepción que buena parte del público tiene acerca del oficio cinematográfico. Es verdad que ellos mismos, los profesionales del séptimo arte, son a menudo quienes deciden alardear con estridencia sus compromisos ideológicos o directamente partidistas, pero sinceramente pienso que eso, a quienes nos sentamos ante la pantalla en nuestra butaca, debería resbalarnos (de hecho, no medimos por el mismo rasero cuando se trata de estrellas extranjeras, a quienes conocemos manías, escándalos y oscuros secretos, que sin embargo pasamos por alto a la hora de enfrentarnos a sus películas).
Rosales añade, además, una reflexión que me parece muy interesante:

“¿Qué pasaría si Zara o El Corte Inglés o Seat se significaran políticamente apoyando un partido? Lo mismo: perderían al 50% de su clientela potencial”.

Así somos. Qué pena.
Será por culpa de los propios políticos o de los medios de comunicación que los amparan; lo mismo da. El caso es que yo también tengo la sensación de que aún mantenemos vivos —implícitos o explícitos— un sinfín de rancios preceptos del estilo: “Si te gustan Abba o Queen eres maricón”; “Si te gustan los toros eres un facha”; “Si ves la tele eres un cazurro”, etc., a los que habría que unir sin duda el que asegura que “Si ves cine español eres un titiritero de Zapatero (o sea, un rojo de mierda)”. Preguntadle a Jiménez Losantos, si no me creéis.

miércoles 14 de octubre de 2009

Farsantes

Raro es el día que no me topo con alguien que, de una u otra manera, termina echando pestes de la televisión. De todas las modalidades posibles, la que más me revienta es sin duda la de quienes utilizan dicho argumento como airada consigna para reivindicar su supuesta dignidad intelectual.
La última que recuerdo fue una persona que, al preguntarle yo si había visto el primer capítulo de una nueva serie, me respondió: “Yo prefiero leer”.
Desde luego que mi primera tentación fue la de aclararle que tal vez a mí me gustara leer todavía más que a ella, si bien aquello hubiera sido lo mismo que rebajarme a su patético nivel de soberbia.
Imaginad que le preguntáis a alguien: “¿Has probado la sangría?”, y os contesta: “Yo es que prefiero follar”.
Claro. Estáis pensando lo mismo que yo. ¿Qué diantre tiene que ver una cosa con la otra? ¿Acaso el que te guste la sangría es incompatible con la posibilidad de disfrutar del sexo? ¿Sólo follan los abstemios?
Pues así parece ocurrirle a no poca gente cuando, en teoría, se encuentran diariamente con el enorme dilema de elegir entre la tele o un libro (me río yo del dilema).
No sé a vosotros, pero a mí el día me da para un surtido variado de actividades que, no por ser de naturalezas y objetivos a veces radicalmente opuestos, son incompatibles si se saben repartir bien. Y, en todo caso, cuando el tiempo apremia, se elige lo poco que se puede, pero no tanto en detrimento de otras cosas como movidos por lo que realmente nos apetece. Vamos, sería lo más lógico.
Pero la gracia verdadera de todo está en que, según mi experiencia, por regla general este tipo de personas suelen caracterizarse (aparte de por ofenderse cada vez que les nombras la televisión) por una serie de contradicciones e incongruencias que delatan su fatuo y a la vez ingenuo disfraz:

- En primer lugar, suelen ser personas con una idea —a mi parecer— demasiado cursi de la literatura y la lectura. Digamos que el oficio de escribir o el placer de leer suele evocarles invariablemente estampas como las de un señor fumando en pipa sentado en una mecedora, o un butacón de orejas frente a una chimenea crepitante, o un grupo de excursionistas narrando cuentos infantiles alrededor de un fuego en mitad del campo y de la noche; cosas así, creo que se me entiende. No es que tenga nada en contra de ello, pero me parece que es reducir la literatura a un estereotipo arcaico y un tanto ñoño.

- Asimismo, los susodichos acostumbran a ser lectores de eso que podríamos denominar “literatura de gran consumo”, por emplear la terminología típica del marketing, ya puestos. Vaya por delante que tampoco tengo nada en contra de este tipo de lecturas (ni de ninguna otra, a priori). Siempre he defendido que cada cual lea lo que le venga en gana y, sobre todo, que no es recomendable juzgar intelectualmente al prójimo por cosas tan superficiales como determinados gustos y aficiones. Ahora bien, si recalco esto ahora es porque me estoy refiriendo precisamente a personas que sí me juzgan a mí cuando digo haber visto algo en la tele, o incluso que se atreven a juzgar severamente a toda la humanidad telespectadora, tildando así de borregos, catetos, pollinos y otras lindezas a la mayoría de sus vecinos, amigos, compañeros o familiares.
Personas —insisto— que hablan de Bucay, Jodorowsky o Coelho (sí, Palimp, Coelho) como si fueran los sucesores de Aristóteles, Platón y Cervantes. Y que nadie se confunda: yo soy el primero que no ha vuelto a ojear un libro de filosofía desde que tuve que engullirlos por obligación en la escuela, pero, en cambio, intento ser lo suficientemente cabal como para no confundir a un gurú de la autoayuda con un filósofo clásico.

- Por otra parte, no creo que Ken Follet, Dan Brown y compañía respondan al estereotipo rancio antes citado. Más bien creo que representan un tipo de escritor (mejor o peor, más o menos “culto”) moderno, en el sentido más neutro y menos elevado de la expresión. O, por decirlo de otro modo: seguro que son conscientes de ser autores de la era de la televisión, de los videojuegos y de Internet, y diría que escriben sabiendo perfectamente que hoy por hoy todo hijo de vecino ve la tele y que no son tiempos en que se acostumbre a leer a Dante o a Proust o a Faulkner frente al fuego. Así que no sería de extrañar que alguno de estos remilgados anticatódicos a los que hoy me refiero sufriera el disgusto de su vida al descubrir que quienes considera los grandes nombres de la literatura universal, digna e incorrupta (aunque superventas, en su mayoría) tienen televisión y —oh, horror— la encienden cuando llegan a casa y, peor todavía, la ven.

- Finalmente, su motivo preferido para demostrar que la tele es un artefacto exclusivo para tontos es que “sólo hay programas de cotilleo”.
De aquí deduzco que, obviamente, son ellos los que sólo ven programas de cotilleo (aunque lo oculten por razones obvias, si bien ridículas). Que en la televisión de nuestros días hay de todo es un hecho tan flagrante que hasta da pudor mencionarlo. Bastaría con observar las cadenas llamadas generalistas, por mucho que haya quien siga empeñado en que sólo se emite basura (sic), pero es que entre las parabólicas y la TDT el repertorio se multiplica hasta el empacho. Huelga aclarar que cuando digo que hay “de todo” no estoy afirmando que “todo sea bueno” (ni siquiera que la mayoría sea mínimamente potable; eso que lo decida cada cual). Lo que intento recalcar es la estupidez de un argumento como “sólo hay programas de cotilleo”, especialmente cuando es esgrimido por personas que alcanzan el éxtasis místico o, en su defecto, accesos de incontinencia urinaria, cuando te dicen, por ejemplo, que han leído un volumen que recopila las cartas del novelista Fulano a la poeta Mengana, o los diarios de tal o cual escritor.
¿O es que interesarse por la vida privada de un hombre culto no es cotillear, y sí lo es, en cambio, hacerlo por la intimidad de un tipo del montón? Y aquí no me vale lo del posible interés artístico o cultural, porque no me estoy refiriendo a textos literarios inéditos, sino a cartas de amor, confesiones, secretos familiares, etc.
Que el legado cultural de Sartre sea en principio más valioso que el de Paquirrín no implica que sea menos cotilla quien se interese por saber si el escritor francés se drogaba, se masturbaba pensando en un caballo, ponía lo cuernos a su enamorada o leía en el váter (recuerdo haber leído hace tiempo un artículo estupendo de Javier Marías sobre todo este asunto de traicionar la voluntad de los autores muertos y la profanación de sus obras y legados).

En resumen, si cuando le pregunto a alguien sobre un episodio cualquiera de Frasier, Seinfeld o Los Simpson (excelentes las tres, por cierto), me dice “No me gustan las telecomedias”, o tal vez “No me gusta ver la tele”, o aun “No tengo tele” (ciertamente exótica esta última opción; que recuerde, sólo conozco a tres personas que no tienen televisor, y ya me parecen muchas), no os quepa duda de que me daría por bien respondido.
Sin embargo, cuando me sacan a relucir lo de la lectura, tiendo a sospechar que esa pomposa excusa no es sino la máscara de un farsante.